martes, 28 de mayo de 2013

Lima, la Anónima

Ayer, fue el día en que sentí con mayor presión el colmo de esta afirmación que a veces sale con mala leche de la boca de muchos. Lima la anónima. Lima, la capital cruel a la que no le importa cuanto pase con las míseras existencias que se aglomeran en su perímetro. Lima la indiferente, la gris, que parece haber olvidado lo que la hizo nuestra.


Si lo notan, lo único que desentona es el pobre arruinado de la izquierda. Pero nadie quiere ser él ¿no?

Ayer, que corría para llegar a la cola de la recarga de tarjetas del metropolitano entre la Vía Expresa y Javier Prado, no pude evitar reparar en el hecho de que, muchos de los carros, lucían idénticos entre sí. Un montón de taxis alineados en fila en medio de una congestión vehicular aplastante. Y la propia estación, repleta a rebosar, de personas que sólo querían llegar rápido a casa. Me pareció que salvo una pequeña porción de gente que conversaba con amigos y familiares, la mayoría estaba no sólo cansada sino también estresada, irritada.

El conformismo y la amargura convergen en un símple epíteto: que Lima es alguien a quien no le importa qué suceda con los suyos. Hemos trabajado tanto la imagen de nuestra ciudad como un mounstruo, que nos hemos creído nuestras propias palabras y nos hemos olvidado de lo que hizo que se convirtiera en algo distinto a lo que deseábamos.

La necesidad actual de éxito, de sobresalir, de estar perfectamente encajados en medio de una competencia "sana" repleta de estrés, metas, aspiraciones y en general cualquier cosa que realce nuestra grandeza, nos ha hecho olvidar los principios básicos de la misma. Grande no es el que muestra, sino el que otorga. Cuando vi el metropolitano me di cuenta de que era el medio que la gente usaba para llegar más rápido a sus refugios de confort: la obra tiene éxito porque le ahorra a la gente la molestia de un viaje largo antes de llegar a casa. Dicho de otra manera: lo acerca a los suyos (o a su refugio) ayudándoles a tener más tiempo de escapismo de su realidad trabajadora.

Como me señalaría mi hermana: la Lima de los migrantes se ha olvidado de los sueños de principios de los sesenta. Porque la Lima actual ya no es una Lima de limeños; el título fue arrebatado desde el instante mismo en que un hombre, ya fuese de la sierra o de la selva o de la región geográfica, que planteara Pulgar Vidal, que prefieran, pisó la ciudad pensando en que iba a llegar a ser algo grande.

La ciudad no creció porque la gente era pobre y quería hacerse rica. La ciudad creció por las hermosas historias que narraban los "hermanos"  que se iban a probar suerte a aquella tierra en donde no importaba de donde vinieras y si tu padre había sido de donde sea que fuere, porque al final todos eran migrantes y si bien su catalogación era inferior (porque importa mucho si tu padre llegó un mes antes o diez años antes ya que de esa manera aun recrean su estúpida idea de status) tenías las posibilidades de ser alguien. Por la promesa de felicidad plasmada en sus rostros. Porque vivir en una ciudad rodeado de gente que piensa que puede ser grande es contagioso.  Porque así nacieron las verdaderas metrópolis.

¿En qué momento entonces nuestra Lima torció su camino? Yo más bien diría que no lo torció, sino que aceleró al precipicio. No es que la gente alcanzara la grandeza, es que los que llegaron antes y la alcanzaron han de asegurarse de que haya también vasallos soportando su pedestal. Es una realidad turbia, que nadie dirá de frente en una conversación de domingo. Pero real, al fin, como que el calentamiento global es una tragedia mundial o que cada día los osos polares tienen menos esperanzas de sobrevivencia.

Aquí el dinero compra fachada, pero no "status". Aquí la gente no recordará que tu llegaste en los 90's cargando tu atado al hombro sin un inti y que trabajaste duro hasta el punto de "deslomarte", para sobrevivir a la crisis y contruir tu casita en el terreno que invadiste en Los Olivos cuando sólo te alcanzó la plata para comprar tus esteras y tus palos. Pero si llegas a asomar la nariz a un círculo allá arriba (o más bien lo hacen tus hijos), donde no estuviste antes, la gente recordará que justamente tus hijos no iban a tomar el lonche a la casa provisional de la amable mujer de nombre inglés que solían tener de visita antes o de en cuantos paseos playeros no estuviste porque aun no estabas allí. Sí, la fachada te la compras, pero el encajarte te lo ganas con algo más que dinero (y arreglos quirúrgicos) o seguirás siendo aquel elemento que se insertó a sí mismo pero sigue siendo ajeno.

¿Y qué hay de otros lugares? También hay verdades que se callan. La ciudad te da ese aire anónimo al que muchas personas, hartas de que recuerden hasta el segundo apellido de su bisabuelo, mueren por acceder. No hay un pueblo chico infierno grande.  Pero al final o bien se dejan absorver por el mar de indiferencia o bien terminan asqueados ante tanta frialdad, formalidad absurda y conformismo.

Porque eso es lo que sigue jalando hacia abajo a nuestra Lima la gris. Porque, en lo profundo de sus cerebros, saben que no le pusieron ese sobrenombre por el color que antes tenía la plaza de armas o por el cielo encapotado de las mañanas. Es porque odian el uniformismo al que los obliga a enrolarse la ciudad. Porque a veces las distracciones citadinas no bastan para olvidar que mañana podrías ser el titular de américa televisión, con su típica morbosidad matutina, y a nadie le va a importar, mas que a aquellos que te acompañan a diario, y que caerás en el olvido en menos tiempo del que siquiera imaginaste.

Entonces ¿qué hacer con el conformismo? No hablo de aspirar a un trabajo fijo y tener el dinero para pagar el cuarto de alquiler. Eso era conformismo en el siglo XX. Hablo del conformismo del siglo XXI ese que te subordina a una idea fija de  "éxito" como un esclavo miserable que no es capaz de tomar decisiones por sí mismo; porque tienes que comprarte el depa, el carro, o porque tienes que irte a Europa y hacerte el tour antes de que te hagas viejo y tengas que pagarte el crucero. Porque no estas a la moda y eso te hace desentonar ¿pero no era acaso desentonar lo que querías? Pero claro que no, desentonar jamás, sólo ser "especial".


Cuando no la pintaban aun y todavía había carros en la plaza. 

Lima no tiene una crisis de desarrollo. Tiene una crisis de identidad. Lima olvidó su título de ciudad de los reyes en algún cajón en medio de la violencia vivida. Y ahora "sobrevive" temerosa de su propia delincuencia, corrupción, pobreza y "anonimidad". Porque ya se ha cansado de personas que no hacen más que vivir para consumir y que sólo pueden pensar en pagar las deudas, el dinero para la comida, que su hijo este en un colegio que le haga ingresar directamente a la universidad o, en el mejor de los casos, en cómo cuernos hacer para quitarse de encima esa pobreza y la tierra del cerro o el arenal que ya estuvo bueno de ajustarse los cinturones.

Porque la cima de nuestra sociedad es tan endogámica como la propia base y porque la gente está tan harta (pero no hace nada, claro) que empiezan a odiarse a sí mismos. Como ciudad (como no vivo en Suiza o Auckland o Cuzco, que diablos, mejor aire y cielo azul cerca de una maravilla) , como individuos (cuando sea grande tendré mi carro y no tendré que aguantarme a este estúpido cobrador, que no se puede aguantar cinco cuadras para pasar otra vez a pedir el pasaje en este bus que si no fuera porque hay baches se me adormecen las piernas de tan apretadas), como humanos (esta sociedad esta mal, la gente sólo quiere plata, los políticos son unos corruptos, la juventud esta corrompida) y como peruanos (el peruano esta acostumbrado a la viveza, piensa que es más inteligente porque sabe engañar).

Pero la promesa de cambio no llega nunca. Realmente ¿vale la pena? ¿Alguien puede empezarla? Dudo mucho que haya algún machito que diga yo. Por eso, yo me atrevo aquí y ahora y digo: "Yo lo haré". A ver que sale, a ver si así alguien se detiene a escuchar, ese sonido de una ciudad que puede ser tan grande, si la gente se limitara a ver más allá de su nariz y se diera cuenta de que se esta perdiendo lo mejor de la diversidad cultural que existe (porque no es necesario que vayas a buscarlo fuera, no): nuestro crisol capitalino. 

Porque estoy cansada de oir "estoy harta de la ciudad", "quisiera un poco de aire puro", "no aguanto la ruta del bus", "por mí me iría a vivir al campo" de gente que no vive sin su reacondicionador, su smathphone, su mpg4 y su lap top.  Porque sus calles, pueden estar "llenas" de choros, pero lo que la mayoría a veces olvida es que no sólo existe la mitad que aspira un polvo blanco para envalentonarse, sino también la mitad que va a persignarse al muro de la virgen exactamente por las mismas razones. 


Así, o más multidiversos.


EM

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